II
Luego del saludo
acostumbrado Rutilia dijo tener algo importante que ir a hacer a su casa y se
fue, dejando un sobre en la bolsa del delantal de Renata.
A Jorge le pareció rara la
manera de actuar de Rutilia pero no le
dio importancia. Se había llegado la hora del almuerzo, -Yo no quiero cocinar-
dijo Renata y cerró la puerta de la cocina.
Este comportamiento se había
vuelto habitual desde hacía unos cincos años, antes Renata era muy servicial y
activa, cocinaba grandes cantidades de comida, para su marido y empleados y
nunca aturraba la cara, pero la edad ya
le pesaba como ella misma decía. –Está bueno mujer, a mi dieron algo donde
Clemente- le respondió Jorge.
Renata estaba impaciente,
Manuel le había dicho que los visitaría esa tarde y era el momento perfecto
para preguntarle por la tal Lucrecia.
-Jorge, verdad que Manuel
¿te dijo que vendría?-
-Si mujer, pero me dijo
también que nos iba a llamar antes de salir de su casa-
-A pues si- respondió
tranquila.
Se levantó y abrió la puerta
de la cocina, iba a prepararse algo de merienda para esperar a su hijo.
Los ancianos habían tenido
cinco hijos, tres mujeres y dos hombres, de los cuales cuatro estaban vivos,
una de sus hijas había muerto siendo muy pequeña; es impresionante como la vida
nos hace sobrellevar ese tipo de acontecimientos, al perecer a veces nos
ocupamos tanto de los que están, que aquellos que se van dejan de importar.
Vivian en las afueras de un pueblo dedicado al cultivo del café y la siembra de
maíz, en una casa grande, con techo de tejas, amplios corredores y un gran patio que las hojas de
sus árboles traviesas disfrutaban cubrir, cerca estaba el río, que además de
proveerlos de agua tenía la función de ser el centro de diversión de grandes y
chicos, y así entre risas y trabajos
inocentes fueron creciendo los orgullos de estos fuertes y trabajadores
esposos.
Toda la tarde pasó Renata
recordando el momento en el que la guerra había obligado a que sus hijos se
alejaran de ellos; Jorge había llegado
con el corazón en la mano una tarde de noviembre, casi sin poder articular
palabra, su jefe, en el beneficio de café, le había dicho que sacara a sus
hijos hacia la ciudad lo más rápido posible, que estaban matando estudiantes.
Para aquella época Dinora tenía 20 años, Manuel 18, Guillermo 16 y Estabana era
una pequeña niña de 10 años.
La guerra había cambiado la
vida de todos en el pueblo. Pensando en eso estaba cuando el teléfono sonó, era
Manuel avisando que llegaría a las cuatro de la tarde, que pasaría la noche en
la casa, esto tranquilizó a Renata no solo porque saciaría su curiosidad, sino
porque ella disfrutaba mucho que sus hijos se quedaran a dormir con ellos.
-Jorge, ya llamó Manuel que
si viene dice-
-Bueno a pues hay que ir a
ver que compramos de cena donde Santiago, que no quiero que te pongás a
cocinar, te vas a cansar y después conmigo vas a andar brava-
-Tan exagerado, a mí no me
molesta cocinar para mi hijo-
-Ya me voy, ojalá tenga algo
que te guste, ya vuelvo-
Aprovechando que Jorge la
dejó sola Renata se dirigió al dormitorio y buscó entre el armario un cofre con
fotos viejas, trataba de encontrar entre aquellos pedazos de papel algo que le
diera una pista de la mujer que aseguraba haber sido su nuera, detrás de la
preocupación de Renata había un secreto que ella había prometido revelarle a
sus hijos solo cuando estuviera en su lecho de muerte, y un nuevo miembro de la
familia complicaba todo.