I
Sentada en su mecedora
recorría con la mirada los corredores
que alguna vez hijos, nietos y hasta bisnietos, habían atravesado
jugando y riendo en su inocencia de niños. Veía como ese octubre no abrazaba con sus amorosos ventarrones a los árboles del
patio y como el aire mismo se respiraba diferente.
Cuando llegaban las seis de
la tarde llamaba con voz de autoridad al que había sido su compañero por más de
sesenta años, -¡Jorge!- exclamaba y el dulce anciano llegaba, conversaban un
momento y ella le pedía ir a dormir, con mucho cuidado y cariño la ayudaba a
pararse y a llegar a la cama, esta se había vuelto la rutina de todas las
noches.
Al acostarse Renata rezaba tres aves Marías y dos Padres Nuestros,
costumbre que tuvo desde niña, esa noche en particular hizo sus oraciones con
más fervor, como temiendo fuera la última vez. Cerró los ojos y empezó a soñar,
en el sueño vio una escena de hacía más de diez años, era navidad y estaba toda
la familia reunida en el patio, sus hijas Lucrecia y Estebana terminaban de
servir los platos de comida mientras los demás adultos vigilaban que los niños
no fueran a quemarse con la fogata. El sueño que le pareció tan real era una
ráfaga de recuerdos que le hubiese gustado revivir, entre más viejos más solos, pensó cuando despertó.
El día siguiente no había
podido sacarse el sueño de la cabeza pero en particular la figura de una mujer
alta y robusta de la cual no tenía un recuerdo claro, pasó pensando en ella
toda la mañana, incluso mientras cocinaba el desayuno estuvo tratando de
descubrir de quien se trataba, pues como ella decía: - “uno no sueña con gente
que nunca ha visto, debía ser alguien
que había olvidado”.
Sirvió los plátanos y el
café para ella y Jorge y se sentó a la mesa, -Jorge, vení ya te serví- gritó para que su
esposo llegara, hacía algunos años que las tareas de ambos se habían visto
limitadas por los desgastes físicos de la edad; antes ambos se levantaban a las
4:30 am Jorge se iba a dejar el ganado al otro lado del río, y ella se quedaba
preparando la comida para él y los trabajadores; ahora despertaban y para no
perder la costumbre Jorge caminada en los derredores de la casa, si encontraba
alguna fruta la cortaba y la llevaba a su esposa.
Esa mañana desayunaron casi en silencio, como era la costumbre, hasta
que Renata no pudo más y le comentó la inquietud que su sueño le había
provocado.
El anciano restó importancia
a los comentarios de Renata hasta que ella mencionó a la mujer que creía
desconocer, Jorge colapsó, la descripción no era clara, había un gran abanico
de posibilidades de quien podría ser, le mencionó ciertos nombres –creo que era
la Lita Barrera- dijo en tono bromista, -No, ella no era lo sabría- le
respondió su mujer. El al igual que su esposa creía en eso de que “uno no sueña con desconocidos”
Siguieron mencionando
nombres, -Rosario Cornejo, esa mujer era tremenda- dijo Jorge, - Pero es que
no, no era ella, habrá sido una tu mujer que tenías por ahí, Jorge- Respondió
ella, - Cómo se te ocurre mujer, yo te he sido fiel desde el día que nos
casamos, desde antes quizás- dijo alterado el anciano; y era verdad en el
pueblo no se conocía hombre que hubiese amado y respetado a su esposa como
Jorge Mira; la conoció en una fiesta que
el padre de Renata daba después de la cosecha, ese año Jorge había ido a
trabajar en la finca de don Toño Sanabria. Durante la velada de celebración había
visto entrar a la hija del patrón vestida como una hermosa doncella de aquellos
cuentos que el leyó cuando niño, tenía
tez blanca, delicada figura y fuerte carácter, “la mujer más bella que alguna vez haya visto en la vida y la más complicada
también” como el mismo le decía a la gente, esa noche decidió que Renata
sería su esposa.
Terminaron de desayunar y
siguieron su día, Renata se sentó en su mecedora y Jorge salió a visitar a don
Clemente Umanzor- mujer, dicen que
Clemente está enfermo, lo voy a ir a ver, ya regreso- dijo antes de
partir.
Ella se quedó pensando en
que poco a poco se quedaban más solos, no solo porque sus cuatro hijos hacía
años que no vivían cerca, si no que sus amigos empezaban a morir,- la Maruja
Olivares se murió el año pasado, Rosendo Urrutia hace dos meses que no se
levanta de la cama, ya nos va a llegar el turno
a nosotros-se dijo. Mientras se levantaba de la mecedora para ir por un
vaso de agua, escuchó una voz que la saludaba desde la entrada- Renata,
¿estás?- aunque no había reconocido la voz le respondió- ¡Sí!, pasá- de todas
formas debían ser conocidos para que le supieran el nombre, pensó. Rutilia
Hernández entró con prisa, como que llevaba algo importante que decirle a la
anciana.
-¡Hola! Rutilia, no te había
reconocido vos-
-No te preucupés, ¿cómo has
estado?-
- Aquí, días buenos, días
malos, vos sabés, uno de viejo ya no sabe si mañana se va o si vamos a seguir-
- No digas eso vos, mirá te
venía a contar algo, no vayas a decir que soy chambrosa, pero creo que esto te
importa-
- ¿Qué pasó?, ya me
asustaste Rutilia hablá-
-Hay Renata, que no sé como
decirte-
-Hablá ya mujer-
-Bueno, pero regalame un
café primero vos, se amable con la visita-
- Vaya pues, pero contá
mientras pongo el agua-
-Es que vaya, la cosa está
así, ¿vos te acordas de que en la guerra la Lucrecia Pocasangre se fue del
pueblo?, a pues esa mujer iba embarazada, Renata y dice que el hijo es tu
nieto-
- No sé de que quien me
hablás vos-
Renata en verdad no
recordaba a ninguna Lucrecia Pocasangre
y menos que hubiese desaparecido durante la guerra, de esto habían ya
pasado más de veinticinco años, pero la memoria de la anciana guardaba casi
todos los recuerdos de esos tristes momentos intactos.
Pasaron un buen rato
tratando de que ella recordara o al menos tuviera una mínima idea de quien era,
de repente Renata recordó su sueño, -ella tenía que ser-. No quiso compartirlo
con Rutilia, porque “ella era de boca
medio floja” como decían en el pueblo.
-Bueno Renata, que bueno
está el café por cierto, y entonces, ¿No querés conocer al que dicen que es tu
nieto?-
-Rutilia, pero yo no sé
quién es esa mujer, a de ser mentira, yo a todos mis nietos los conozco-
-Mirá la Lucrecia ha andado
preguntando donde vivís, así que mejor prepárate que por aquí más temprano que
tarde la vas a tener-
- Bueno a todo esto, ¿De
quién es el hijo, de Guillermo o de Manuel?
-Pués ella dice que del hijo
mayor de la niña Renata y don Jorge, ahí no sé yo quien es mayor-
-Ummm, ya va agarrando lado
esto, de Manuel si podría ser, ese se metía con todo lo que tuviera falda-
-Pues deberías decirle a
Jorge, para que no le vayan a contar por otro lado-
-Si vos, aunque no sé como,
yo digo que mejor hablo con Manuel antes-
-Ajá mujer ¿qué le vas a
decir a Manuel antes?, ¡Hola Rutilia! días sin verte-
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